La historia de Bogotá está profundamente ligada a sus instituciones de salud, y ninguna tiene una carga histórica y social tan densa como el Hospital San Juan de Dios.
Ubicado en la localidad de Los Mártires, este gigantesco complejo de 24 edificios funcionó durante casi 460 años, convirtiéndose en el epicentro de la atención médica de los episodios más dramáticos del país.
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Desde los soldados caídos en la Guerra de los Mil Días hasta los civiles y militares heridos durante el cruento Bogotazo en 1948, sus pasillos albergaron el dolor y la memoria de una nación en conflicto. Sin embargo, tras una severa crisis financiera, el complejo sufrió una clausura total en el año 2001, quedando sumergido en un prolongado abandono y un denso limbo jurídico.
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La resistencia de los extrabajadores en los pabellones abandonados
Tras el cierre legal de la institución, se desató un fenómeno social sin precedentes en la capital. Por pura necesidad, pero también como un mecanismo de custodia, resistencia y protesta ante la falta de pago de sus salarios y liquidaciones atrasadas, un grupo de antiguos empleados de la salud decidió no abandonar las instalaciones.
Aproximadamente 26 familias de médicos, enfermeras y personal administrativo se quedaron a vivir dentro de los edificios abandonados, habitando zonas lúgubres como el ala de Salud Mental.
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Durante casi dos décadas, estas personas resistieron el frío extremo del enorme complejo y cocinaron en fogones improvisados, protegiendo la estructura de saqueos mientras reclamaban sus derechos laborales legítimos.
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Mitos, bitácoras y testimonios reales en la oscuridad
La enorme carga emocional de un lugar donde murieron miles de personas dio paso a fenómenos particulares reportados de manera unánime por el personal.
Vigilantes, científicos y los propios extrabajadores que habitaron el sitio dejaron bitácoras documentadas con testimonios reales sobre sucesos extraños en la edificación.
Entre los reportes más frecuentes se encuentra la descarga inexplicable de baterías de cámaras y dispositivos electrónicos al ingresar al pabellón de psiquiatría. Asimismo, las bitácoras nocturnas describen con insistencia la silueta de una monja, identificada históricamente como Sor Josefa, quien presuntamente recorre los pasillos vacíos dejando a su paso un característico e intenso olor a medicamentos antiguos.
El desalojo y el renacimiento arquitectónico del complejo
Esta forma de vida precaria llegó a su fin en abril de 2019, cuando el Distrito ejecutó un desalojo masivo de las últimas familias por estrictas razones de seguridad estructural y salubridad.
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A partir de ese momento, el panorama cambió con la puesta en marcha de un plan de renovación integral. Hoy en día, los edificios declarados monumentos nacionales avanzan en un proceso de restauración financiado por el Gobierno nacional y la Alcaldía de Bogotá, transformando los antiguos pasillos abandonados en un foco activo de obras civiles.
Finalmente, el vínculo de sus antiguos empleados se mantiene vivo mediante un decreto de justicia social que les otorga derecho prioritario para regresar a laborar allí. Con la proyección de una planta de más de 1.600 puestos formalizada en julio de 2026, muchos de estos extrabajadores asisten hoy como veedores de las obras, anhelando el día en que el gigante de la salud reabra por completo sus puertas.
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