El silencio en el barrio Aures, en la localidad de Suba, se siente más pesado que de costumbre. Durante décadas, la alegría de ese sector del occidente de Bogotá estuvo ligada al movimiento de un negocio familiar de saltarines, propiedad de una pareja que era el corazón de la comunidad.
Sin embargo, lo que ocurrió tras las puertas de su hogar este fin de semana ha dejado a los vecinos buscando respuestas en medio de un rompecabezas que no parece encajar.
Todo empezó con una notificación en un teléfono celular. Un familiar, mientras monitoreaba las cámaras de seguridad de la vivienda, notó algo fuera de lugar: un sujeto desconocido salía de la propiedad con movimientos calculados.
El hombre no solo cubría su rostro con un trapo, sino que llevaba puesta una gorra que pertenecía a don Guillermo Alberto Anzola, el dueño de casa, así lo confirmó Noticias Caracol.
Esa señal de alerta fue el inicio de una pesadilla para la hija de la pareja, quien corrió hacia el lugar con la esperanza de que solo fuera un susto.
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Al llegar, la escena fue impactante. La mujer relató cómo, al asomarse por una de las ventanas, vio a su padre, un hombre de 72 años y paciente terminal, tirado en el suelo de su habitación, boca arriba y cerca de su inseparable bastón.
En otro cuarto, las autoridades hallaron a su madre, doña Gloria Isabel Guerrero, de 66 años, envuelta en una cobija.
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Lo que más inquieta a quienes llevan el caso es el estado de la casa: aunque la ropa y las sábanas estaban esparcidas por todas partes, como si alguien hubiera buscado algo con desesperación, los objetos de valor permanecían intactos.
El dinero estaba en su lugar, los teléfonos celulares no fueron tocados e incluso el dispositivo de don Guillermo seguía guardado en el bolsillo de su chaqueta.
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Para los investigadores, este desorden "selectivo" sugiere que alguien pudo haber intentado simular un escenario de hurto para desviar la atención de lo que realmente sucedió dentro de esas paredes.
En medio de la confusión, las miradas se han posado sobre la dinámica de convivencia en la residencia.
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En la planta alta vivía la expareja de la hija, un hombre que, a pesar de haber terminado la relación sentimental meses atrás debido a situaciones de comportamiento agresivo, seguía ocupando una habitación que la misma doña Gloria le arrendaba por 250.000 pesos mensuales.
El sujeto ya entregó su declaración, asegurando que no se encontraba en el domicilio cuando todo ocurrió, pero su presencia habitual en la casa es un hilo que las autoridades siguen tirando con cautela.
La comunidad de Suba no sale del asombro al recordar a Guillermo y Gloria no solo como emprendedores, sino como personas que, a pesar de las dificultades de salud de don Guillermo, siempre se mantenían activos.
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