A las doce de la noche del 11 de diciembre de 2025, un teléfono móvil vibró con una frase que parecía dar tranquilidad: “Tranquila, ya vamos para allá”.
Era Karen López comunicándose con su madre, marcando el que sería el último rastro digital de una noche que terminaría por conmocionar a la capital colombiana.
Lo que inicialmente se presentó ante las autoridades como un infortunio vial frente al Jardín Botánico de Bogotá, pronto comenzó a mostrar grietas tan profundas que la tecnología y la medicina legal no pudieron ignorar.
La historia que Hugo Fernando Silva Soto, expareja de Karen y padre de su hijo de diez meses, relató a los equipos de emergencia describía una supuesta lección de conducción que salió mal.
Según su versión, Karen estaba al volante cuando perdió el control del vehículo e impactó contra un árbol. Sin embargo, los expertos del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) y la Fiscalía General de la Nación empezaron a notar detalles que no encajaban con la narrativa de un simple incidente de tránsito.
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Uno de los puntos más reveladores surgió del análisis de la ergonomía dentro del automóvil.
Al revisar la cabina, los peritos descubrieron que la posición del asiento del piloto estaba ajustada para alguien de una estatura considerablemente mayor a la de Karen.
De hecho, era físicamente imposible que ella alcanzara los pedales o maniobrara el volante de forma efectiva desde esa posición.
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A esto se sumó el testimonio de su propia madre, quien fue enfática al asegurar que su hija no tenía conocimientos de conducción.
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La ciencia fue un paso más allá para revelar lo que el ojo humano no podía ver a simple vista. Mediante el uso de luminol, los investigadores detectaron rastros de sangre en lugares estratégicos como el asiento del copiloto, la palanca de cambios, el techo y hasta en el baúl.
Estas marcas indicaban que se había realizado un esfuerzo exhaustivo por limpiar el interior del habitáculo antes de que las autoridades llegaran al lugar.
El examen forense de Medicina Legal terminó de inclinar la balanza. Las pruebas determinaron que el pequeño de diez meses ya había perdido la vida antes del impacto del vehículo contra el árbol, debido a una agitación violenta de su cuerpo.
Por su parte, el cuerpo de Karen presentaba una herida profunda en la zona de la garganta que le causó un sangrado masivo previo al choque, una lesión que los médicos descartaron que fuera producida por esquirlas o partes del auto durante la colisión.
El cronograma de los hechos también se convirtió en una pieza clave del rompecabezas.
Mientras Silva Soto sostenía que todo ocurrió entrada la madrugada mientras buscaban al bebé, los resultados forenses fijaron la hora del deceso entre la medianoche y las 2:00 a. m.
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Esto coincidía sospechosamente con el cese de toda comunicación por parte de Karen después de su último mensaje de texto.
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Finalmente, el 5 de marzo de 2026, la justicia tomó medidas contundentes. Tras recolectar toda la evidencia física y los testimonios que contradecían la versión del procesado, la Fiscalía procedió con la captura de Hugo Fernando Silva Soto.
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Actualmente, el hombre se encuentra bajo medida de aseguramiento en un centro carcelario, enfrentando cargos por feminicidio agravado, homicidio agravado y ocultamiento de material probatorio.