Si has estado haciendo "scroll" en redes últimamente, es imposible que no te hayas topado con la carita de Punch. Este macaco japonés de apenas unos meses se volvió la sensación no por hacer piruetas, sino por algo mucho más profundo: su apego incondicional a un peluche de IKEA.
La imagen de este animalito aferrado a un muñeco naranja, buscando el calor que su mamá no le pudo dar, se nos metió al corazón y nos puso a llorar a todos. Pero, ¿por qué un monito en un zoológico de Ichikawa nos movió tanto el piso?
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La respuesta no es solo que sea "tierno". El contexto completo es que la historia de Punch, según la psicología, es el espejo de una de las heridas más delicadas que tenemos los seres humanos: el sentimiento de abandono.
El peluche que no es solo un juguete
Desde la psicología, según expertos, lo que vemos en Punch es un ejemplo de manual de lo que llamamos "objetos transicionales". Imagínate que cuando estamos chiquitos y sentimos que el mundo es un lugar miedoso o que nos falta ese apoyo principal, buscamos algo que nos dé seguridad.
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Para Punch, el peluche no es un trapo con relleno; es su ancla. Muchos nos identificamos porque, a niveles distintos, todos hemos tenido un "peluche" en la vida. Puede ser un recuerdo, una persona, o incluso una coraza que nos armamos para no sentirnos solos.
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Ver a Punch intentando encajar con otros monos mientras no suelta su muñeco nos recuerda esos momentos donde nos tocó salir adelante "con las uñas", buscando consuelo en lo que teníamos a la mano.
¿Por qué nos duele tanto su abandono?
El cerebro humano está programado para conectar. Cuando vemos que la mamá de Punch lo dejó a un lado —ya sea por el calor de Japón o por su propia inexperiencia—, se nos activa una alarma interna.
El abandono es un miedo universal. Sentir que no pertenecemos o que "nos dejaron el visto" en el momento que más necesitábamos apoyo es una experiencia que casi todo el mundo ha pasado.
Al ver a Punch, no vemos solo a un macaco; vemos esa parte de nosotros que alguna vez se sintió fuera de lugar. La psicología explica que proyectamos nuestras propias penas en su historia.
Nos da alivio ver que, a pesar de ese vacío inicial, el monito encontró una forma de regular su miedo. Es una forma de decirnos: "Si ese animalito tan chiquito puede, yo también".
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